Para reflexionar

Por un abrazo tuyo

Fàtima Castelló Barea

Cuántas veces hemos escuchado: si estudias, conseguirás lo que quieras; si tienes un buen trabajo, serás feliz; si ganas mucho dinero, la felicidad llegará… ¿Cómo?

Cuando nacemos, somos felices si nos toman en brazos, nos acarician, nos dicen palabras bonitas en un tono amable, familiar y de amor. El amor que se muestra hacia los hijos y los hijos ven que los padres también lo muestran con los demás familiares, vecinos o desconocidos hace que seamos lo que mamamos. ¡Así es! Siempre puede salir una perla negra, pero la semilla es buena porque en el hogar no hemos visto otra cosa más que respeto, tolerancia, comprensión y amor.
Lo triste y deleznable es cuando una pareja decide tener hijos por tener, por ponerles un nombre de moda, que perpetúe el apellido (del padre, por supuesto), vestirlos con ropa de marca y darles lo que “no nos han dado a nosotros”. Craso error. Tapar los ojos de los hijos con cosas superficiales es un arma cargada contra uno mismo. Lo que ocurre es que realmente no están educando o dedicando a sus hijos el tiempo que necesitan y que ellos demandan, sino que la mala conciencia por permanecer tanto tiempo alejados de ellos hace que piensen que ese vacío puede rellenarse con cosas materiales.

Los niños desatendidos crecen con carencias afectivas que los convertirá en adultos  depresivos, con trastornos personales y profesionales. Hoy es más visible porque la sociedad se mueve a un ritmo vertiginoso, todo es fugaz y efímero, como las relaciones personales y los mensajes de Whatsapp, rápidos, pasajeros...de un día. No apuntamos que las redes sociales y los medios de comunicación social sean negativos o “malos”, al contrario, nos ayudan en nuestro día a día: trabajar, buscar información, viajes, realizar videoconferencias, y un largo etc, pero debemos saber mesurarlos.

No nos paramos a pensar que nuestros hijos no necesitan todo eso sino que piden un abrazo, una palabra de apoyo, jugar con ellos, que se les escuche...parece simple, pero no lo es. 
Pensemos que estamos en una sociedad en la que la publicidad y lo económico lo inunda todo, es complicado escapar a esta vorágine material que nos crea unas necesidades y unas exigencias a las que muchas veces no estamos preparados.

Cuidar de nuestros hijos (y por ende, de todos aquellos que nos rodean y queremos), proporcionales seguridad, amor, entendimiento, comprensión… es la mejor herencia que les podemos dejar y las mejores herramientas para que puedan ser felices. De ahí que la familia sea el núcleo principal y original que fortalece estos vínculos y debemos robustecerla para que ante las “agresiones” exteriores, sepamos que siempre podemos acudir a nuestras raíces y beber de ellas para retomar nuestro sendero vital.  

c