El cuidado de la casa común

Trabajo de todos: cuidar nuestra casa común

El Papa Francisco nos ofrece en las primeras páginas de su última encíclica Laudato si´ un tema que siempre ha afectado al ser humano desde que Dios puso a su servicio la naturaleza para que la amara y protegiera.

Este “Alabado seas, Señor” canto que clamaba san Francisco de Asís está más en boga que nunca. La naturaleza ha sido salvaje y sumisa a la vez, y de tanto en tanto nos lo recuerda con terremotos, inundaciones y todo tipo de sucesos naturales, muchas veces, impredecibles por el hombre. Pero sin duda alguna, lo que sí sentimos es que esta “Tierra” es nuestra casa común, como nos recordaba san Francisco. Esa casa común que tenemos que cuidar, mantener y mejorar.

Esto es lo deseable.

Cuidar, mantener y mejorar tu casa es lo que todos pretendemos cuando compramos una vivienda. La amueblamos para estar cómodos en ella; intentamos conservar lo que en ella vamos decorando con entusiasmo y esmero, la observamos y nos enorgullecemos, la mostramos a la familia y amigos...porque va formando parte de nosotros. Ese cariño y amor que tenemos hacia nuestra casa es como si fuera una hermana o una madre, como afirma san Francisco, que nos protege de lo que hay afuera. Parece como si cuando entras en ella estás resguardado, dentro del vientre materno.

De esta manera, la Tierra es nuestra casa común que tenemos que cuidar, mantener, proteger y mejorar. Pero parece ser que no es este el camino que estamos tomando. Nos venden que el progreso lleva parejo el destruir todo aquello hermoso que nuestros padres nos han dejado; que para disfrutar de una buena comida, vestido, transporte, ocio o cualquier otro servicio que nos complace tenemos que ir rompiendo poco a poco las paredes de una casa que nos fue dada como un don y un regalo.

Estamos abusando todos en nuestra medida de ello, nos hemos creído dominadores de ella. Cualquier mujer u hombre (a no ser que tenga alguna enfermedad,,,) no entra basura en su casa, lanza petróleo por las paredes, tira botellas o vidrios dentro de ella, más que nada porque impide que estés a gusto, que te encuentres bien ni satisfecho de lo que ves.

De este modo deberíamos sentir la Tierra, es nuestra casa común y por tanto debemo esforzarnos en mimarla y darle cariño porque es la herencia más hermosa que podemos dejar a nuestros hijos, una casa cuidada y bonita que disfruten de ella y en ella.

Fátima Castelló

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Presentación de la encíclica Laudato si’

Hno. Vicente Felipe ofm

Con este artículo quiero hacer una presentación sencilla de la encíclica Laudato si’. Sobre el cuidado de la casa común, en la que el Papa Francisco pide que seamos misericordiosos con la hermana madre Tierra, donde hemos nacido, de la que nos nutrimos y a la que estamos destruyendo. Esta presentación pretende animar a aquellos que no la han leído a que la lean, seguro de que sacarán un gran provecho de ello.

Aunque ya había un amplio Magisterio eclesial desde Pablo VI, que se hizo muy intenso con Juan Pablo II (muy importante su mensaje para la Jornada Mundial de la paz de 1990: Paz con Dios Creador, paz con toda la creación) y con Benedicto XVI, esta es la primera encíclica (documento con el mayor valor magisterial) dedicada a la ecología, asunto hoy fundamental. Y supone un nuevo hito en la Doctrina social de la Iglesia.

Encíclica escrita con actitud dialógica

Es una encíclica que está escrita con una actitud dialógica: en búsqueda del encuentro y de las convergencias. Escucha a innumerables científicos, filósofos, teólogos y movimientos sociales; a la voz de los pueblos que, a través de sus representantes, se reúnen en las organizaciones internacionales, particularmente de la ONU y sus diversas organizaciones; a sus predecesores y a episcopados de diversas partes del mundo (cita a 12); a la Iglesia ortodoxa que tiene una abundante teología de la creación, y cita al patriarca Bartolomé I (nn. 7-9); cita incluso algún místico musulmán.

Laudato si’ se dirige no sólo a los cristianos sino a toda la humanidad (por eso habla de cuidado de la casa común y no de la creación, que es un concepto teológico), porque su preocupación fundamental es “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (13). Hace una invitación urgente a todo el mundo “a un nuevo diálogo sobre el modo cómo estamos construyendo el futuro del planeta” para intentar superar las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, (que) van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas” (n. 14).

La encíclica ha sido escrita “con el fin de asumir los mejores frutos de la investigación científica actualmente disponible, (y) dejarnos interpelar por ella en profundidad” (n. 15).

 Resumen de los capítulos

Laudato si’ tiene seis capítulos precedidos de una introducción y concluye con dos preciosas oraciones, tituladas Oración por nuestra tierra, y Oración cristiana con la creación.

En el capítulo 1, “Lo que está pasando en nuestra casa”, el Papa, recogiendo la contribución de las ciencias, nos alerta sobre seis graves problemas a los que la humanidad se enfrenta hoy: la contaminación; el cambio climático; la cuestión del agua; la pérdida de biodiversidad; el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación social; y la inequidad o desigualdad planetaria, y nos llama a tomar conciencia y a convertir en sufrimiento personal lo que la pasa al mundo, y a preguntarnos: ¿en qué contribuyo yo al malestar de la tierra, nuestro hogar? Y ¿qué puedo hacer yo para mejorar la casa común? (n. 19).

En el cap. II, “El Evangelio de la Creación”, el Papa plantea la necesidad de incorporar un diálogo sincero entre ciencia y fe para poder dar soluciones que permitan sanar lo destruido. La sabiduría que nos transmiten los relatos bíblicos nos dice que “la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal” (n. 76) Y que el encargo que se le confiere al hombre es representar al creador, ser su administrador para “labrar y cuidar” el jardín del mundo (Gn 2,15).

En el cap. III, “Raíz humana de la crisis ecológica”, nos dice que para superar la crisis y las consecuencias que provoca el antropocentrismo moderno, que ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, el ser humano debe volver a reconocer que forma parte del conjunto de lo creado, que no está por encima de las cosas, y que por ser aquella porción de la comunidad de vida que siente, piensa, ama y venera, su papel ha de ser el de administrador responsable de cuanto le rodea.
En el cap. IV, el Papa hace su propuesta de “una ecología integral”. Porque todo está conectado, no basta una ecología ambiental, es necesario también una ecología económica, social, cultural, de la vida cotidiana. El principio articulador de la ecología integral es el bien común que presupone el respeto por cada persona y sus derechos inalienables; reclama el reconocimiento del papel de los grupos intermedios en el desarrollo humano, sobre todo la familia; nos invita a poner en primer lugar las necesidades de los más empobrecidos y requiere de paz social, solidaridad y justicia en el presente y hacia las generaciones futuras.

En el cap. V plantea “algunas líneas de orientación y acción”. El diálogo es el principal motor del cambio: en la vida política y económica, entre las naciones, en los procesos de decisión, entre las ciencias y las religiones: un diálogo que contribuya de verdad a la búsqueda de propuestas que persigan la plenitud humana.

En el cap. VI, “Educación y espiritualidad ecológica”, nos dice que es necesaria una conversión ecológica, la cual exige recuperar una relación amorosa de la sociedad con el medio ambiente mediante el cambio de nuestro estilo de vida. Por eso necesitamos una renovada educación ecológica. Desde la escuela, la familia, las instituciones políticas, las Iglesias, se deben fomentar valores, virtudes, actitudes y comportamientos que permitan construir una realidad más humana, más armónica con la creación.

Ideas principales de la encíclica

Es muy interesante el n. 16, donde nos resume los ejes, es decir las ideas fundamentales que atraviesan la Encíclica, pues se van repitiendo, desde una u otra perspectiva, en todos los capítulos:

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Laudato si’, una “encíclica franciscana”

Desde el n. 1 y, especialmente, en los nn. 10-12, el Papa pone como modelo de relación con la creación y de cuidado de la casa común a San Francisco de Asís. Pero le cita también en otras ocasiones (nn. 87, 125, 218). Francisco de Asís “es el ejemplo por excelencia del cuidado de lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría y autenticidad (…) En él se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior” (12).

Él nos muestra también que una ecología integral requiere categorías que trascienden a las ciencias y a la economía y nos conectan con la esencia de lo humano. De hecho cuando Francisco de Asís “miraba el sol, la luna o los más pequeños animales, su reacción era cantar, incorporando en su alabanza a las demás criaturas (…) porque para él cualquier criatura era una hermana, unida a él con lazos de cariño. Por eso se sentía llamado a cuidar todo lo que existe” (n. 11)

Para san Francisco la naturaleza es como “un espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad” (n. 12) y ante el cual le brota el estupor y el canto. Esto es esencial porque “si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos. En cambio, si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo” (n. 11).

Una comunión universal

Las criaturas de este mundo no pueden ser consideradas un bien sin dueño: «Son tuyas, Señor, que amas la vida» (Sb 11,26). Esto provoca la convicción de que, siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde. Quiero recordar que «Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especie como si fuera una mutilación».

Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad. Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad. Estas concepciones terminarían creando nuevos desequilibrios por escapar de la realidad que nos interpela. A veces se advierte una obsesión por negar toda preeminencia a la persona humana, y se lleva adelante una lucha por otras especies que no desarrollamos para defender la igual dignidad entre los seres humanos. Es verdad que debe preocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente. Pero especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros.

Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos.

No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada. Esto pone en riesgo el sentido de la lucha por el ambiente. No es casual que, en el himno donde san Francisco alaba a Dios por las criaturas, añada lo siguiente: «Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor». Todo está conectado. Por eso se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad.

Por otra parte, cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad. Por consiguiente, también es verdad que la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos. El corazón es uno solo, y la misma miseria que lleva a maltratar a un animal no tarda en manifestarse en la relación con las demás personas. Todo ensañamiento con cualquier criatura «es contrario a la dignidad humana».

No podemos considerarnos grandes amantes si excluimos de nuestros intereses alguna parte de la realidad: «Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo». Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas en una maravillosa peregrinación, entrelazados por el amor que Dios tiene a cada una de sus criaturas y que nos une también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre tierra.